Dice Richard Gere que Donald Trump es un matón

En la 39ª edición de los Premios Goya, celebrada en Granada, Richard Gere recibió el Goya Internacional y aprovechó su discurso para rajar del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, calificándolo de "matón".

Puede que el bueno de Richard Gere tenga algo de razón, pero se queda en la superficie. Porque el verdadero agujero negro de Estados no es su presidente, sino el sistema que lo parió.

1. El presidente es un síntoma, no la enfermedad.
Estados Unidos no es víctima de sus presidentes; es víctima de su propia mitología. Un país que reduce la política a un espectáculo de reality show (con Trump como su showman supremo, pero con gente Biden, Obama, Bush, Clinton, Reagan... como estrellas de Hollywood antes que él) no puede esperar salvadores en la Casa Blanca. El problema no es que haya "pocas opciones", sino que el sistema está diseñado para que solo sobrevivan candidatos que veneran el dinero, el poder corporativo y la máquina de guerra. ¿Qué diferencia hay entre un matón que tuitea y un sonriente neoliberal que firma drones asesinos y arma a Israel hasta los dientes? Ambos son productos de una democracia secuestrada por lobbies, donde el Congreso es un mercado de favores y las elecciones se compran con cheques de Big Pharma, Wall Street o el complejo militar-industrial. El presidente es un chivo expiatorio cómodo para élites que no quieren ni pueden mirarse en su sucio espejo.



2. La "excepcionalidad americana" es una mentira letal.
Estados Unidos se fundó sobre contradicciones genocidas (esclavitud, exterminio indígena, expansión imperial) y hoy sigue negándose a curar esas heridas. ¿De qué sirve cambiar al presidente si las instituciones mantienen un apartheid racial encubierto (cárceles masivas, brutalidad policial...), un capitalismo depredador que devora a sus pobres (sin sanidad universal, sin derechos laborales básicos...) y una obsesión militarista que bombea más dinero a misiles que a escuelas? Trump, ese supremacista de color naranja fosforito no inventó eso: lo heredó. Biden tampoco lo desmontó: lo maquilló. El problema no es el payaso que dirige el circo, sino que el circo se sostiene sobre cadáveres.



3. Racismo con balas: el sueño americano es una pesadilla con mira láser.
Estados Unidos no tiene dos problemas separados (racismo y armas), sino un cóctel letal donde uno alimenta al otro. ¿Cómo se explica que en el «país de la libertad» puedas comprar pistolas y munición junto a los Cheerios y los Doritos en el supermercado, pero no recibir atención médica si eres pobre y negro? Por otro lado, el racismo no son solo esvásticas en Charleston - Carolina del Sur: es un sistema que arma a supremacistas, militariza a paramilitares contra minorías, y glorifica la violencia como solución. Las masacres no son «errores»: son el producto lógico de una cultura que venera las armas más que la vida. ¿De qué sirve llorar a las víctimas si se permite que los mismos rifles que usaron en Vietnam o Irak circulen por suburbios y escuelas? Estados Unidos no es víctima de locos sueltos: es cómplice de un genocidio doméstico. Mientras el lobby armamentístico (NRA) financie campañas políticas y el Ku Klux Klan tenga mejor acceso a fusiles que un estudiante a una beca, la próxima matanza escolar no es una posibilidad: es una certeza matemática.

4. Estados Unidos no perdona a quien le muestra el espejo.
Julian Assange no hackeó ni inventó pruebas: publicó documentos oficiales que demostraban crímenes de guerra. Su "delito" fue recordarle a Estados Unidos que su bandera está manchada de sangre inocente. Mientras los verdaderos criminales (generales, políticos, contratistas) disfrutan de impunidad dorada, Assange casi se pudrió en su reclusión. ¿Por qué? Porque el sistema no tolera que se cuestione su mitología de "libertad". La persecución y la represión contra Assange no fue justicia: fue una venganza. Y Europa, sumisa, baila al son de esta farsa. El preso fue Assange durante más de cinco años mientras NADIE ha podido desmentir los informes de Wikileaks. Si la "democracia más grande del mundo" necesita silenciar periodistas para sobrevivir, entonces su grandeza es un ataúd con estrellas y franjas.


5. La sociedad estadounidense está intoxicada de individualismo tóxico.

Millones de estadounidenses aplauden discursos de "libertad" mientras se arruinan con deudas médicas o tirotean a sus hijos en las escuelas, ¿qué presidente va a arreglar eso? Es una cultura que glorifica el "sueño americano" como excusa para justificar la miseria ajena ("Si eres pobre, es tu culpa"), que convierte armas de guerra en fetiches patrióticos y que consume indignación en Twitter como entretenimiento. Trump no es un accidente: es el reflejo de una sociedad adicta al conflicto, el egoísmo y la instantaneidad vacía. Mientras el ciudadano promedio priorice su pickup truck, su Netflix y su odio al vecino antes que la solidaridad, ningún presidente —ni demócrata, ni republicano, ni de la madre que los parió— podrá hacer más que parches en un Titanic que ya chocó con el iceberg.



6. La democracia estadounidense es una farsa geriátrica.
Un sistema electoral arcaico (Colegio Electoral, gerrymandering), dos partidos zombis que simulan rivalidad pero sirven al mismo capital y una prensa que monetiza la polarización. ¿Qué opciones reales hay? Bernie Sanders (un socialista light que asustó a Wall Street) fue saboteado y devorado por su propio partido. Los terceros candidatos son marginados como herejes. Y, durante meses, la unica "opción" era elegir entre un pureta neoliberal con demencia senil, y un narcisista "matón" y autoritario 
peinao como Lauren Postigo. A última hora los demócratas dieron un golpe de timón y sustituyeron al pureta por su sucesora, que llegó a la candidatura diciendo que no iba a cambiar un ápice las políticas de su maestro. Estados Unidos no tiene "malos presidentes": tiene un pueblo tan adoctrinado por el excepcionalismo que ni siquiera concibe alternativas al sistema que lo asfixia.



Mi conclusión irrelevante:
Estados Unidos no necesita otro presidente. Necesita un exorcismo. Necesita dejar de culpar a los títeres (Trump, Biden, Obama...) y reconocer que el teatro entero —desde la violencia estructural hasta el culto al individualismo— es la enfermedad. Mientras el país siga creyendo que es el "elegido" para dictar moral al mundo, mientras ignora sus propios crímenes, cualquier presidente será solo otro capítulo de la misma tragedia repetida. La decadencia no es un error: es la esencia. Y hasta que no se enfrente a eso, seguirá pudriéndose desde adentro, 
sonrisa falsa tras sonrisa falsa, matón tras matón.

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