La inocencia de un pequeño centinela

Todos los años, el Día del Padre, te llamaba. Era casi un ritual. Marcaba el número de teléfono fijo, y respondía mamá diciendo directamente "Espera, ya te lo paso", porque sabía que ese día estaba reservado para hablar contigo. Enseguida aparecías en el auricular, y pasábamos un rato hablando de nuestras cosas. Nuestras cosas que son nuestro Ekain, mi trabajo, tus médicos… y, cómo no, nuestro Linares Deportivo.

Nada extraordinario, o eso creía yo.

Este Día del Padre de 2026 será el primero sin esa llamada.

Y uno no se da cuenta de lo importantes que son esos pequeños momentos hasta que desaparecen. Uno pensaría que, con el paso de los meses, el recuerdo se va apagando. Que poco a poco la memoria queda atrás. Pero me pasa justo lo contrario: En vez de olvidar, en vez de dejar el pasado atrás, cada vez me rondan más recuerdos de cuando era pequeño. Sobre todo observar a Ekain me desbloquea innumerables recuerdos.

Recuerdo en muchas ocasiones cuando por motivos de trabajo tenías que viajar una semana y, cuando salía hasta la puerta contigo para despedirte, te agachabas para ponerte a mi altura, y me decías super serio —“Ahora te toca a ti cuidar de mamá y de la casa. Primero mamá, y después la casa”.

Pero es que yo me lo creía y tó.

Con fe completa e inocencia absoluta, me sentía tan importante que de vez en cuando hasta hacía mis rondas de vigilancia, mirando por todas las habitaciones de la casa, chequeando debajo de las camas, y asomándome al balcón, a la ventana, o a la puerta de casa para comprobar que no hubiese nadie extraño por los alrededores. Convencido de que estaba cumpliendo mi misión. 

Porque hay recuerdos como ese que no se van nunca. Ni las palabras. Ni las enseñanzas. Ni esa forma de estar en el mundo que, sin hacer ruido, me dejaste para siempre.

Hoy no habrá llamada telefónica. Pero los recuerdos siguen regresando a mí más que nunca.

No te olvidamos. Felicidades allí donde estés.

Aquel pequeño centinela sigue en guardia.




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