jueves, 27 de octubre de 2016

Sobre el Estado de Al-Andalus (por Rafael Sanmartín)

Artículo de Rafael Sanmartín.



    Hay quienes quieren volver a la interpretación interesada de una historia encargada por un rey analfabeto a fin de justificar, a su burda manera, el avance sobre territorios meridionales de la península, para obtener mejores tierras y manos que se la trabajen a una clase exclusivamente guerrera, que consideraba deshonroso el trabajo manual. Y que, en su erróneo intento de legitimación, se declararon “descendientes” del “imperio” visigodo, unas huestes extranjeras invasoras, que tardaron más de tres siglos en asentarse en la península, dominio que sólo mantuvieron treinta y nueve años. 

    
Así, se pretende contrarrestar la verdadera historia de la conquista, deducida y descubierta por historiadores independientes, mucho más honrados que aquellos capaces de quedarse en la crónica de Alfonso III, sin investigar más allá de lo escrito por el amanuense. ¿Qué motivos “políticos” podría haber para ensalzar a estos investigadores modernos –Olagüe; Lanzagorta; Américo Castro; González Ferrín; Carlos Muñiz y otros- cuyo análisis contradice plenamente la oficial y oficialista versión de los “cristianos buenos”, capaces de expulsar de la península a los “moros malos” que la han invadido? La historia oficial, todavía basada en la incongruencia contradictoria del poema de Fernán González, sólo está interesada en negar la evidencia, hasta el punto de impedir estudios e investigaciones, como ocurre en Orce.

    Los nuevos panegíricos del oficialismo vuelven a volcar los males en una supuesta “invasión” musulmana. Árabe, la llaman. Ni se han molestado en pensar que la predicación de los sucesores de Mahoma (fallecido 80 años antes) era un fenómeno reciente, todavía en 711; O que no hubo ningún tipo de influencia árabe (árabes sólo son los nacidos y residentes en Arabia), sino, como mucho, Siria, espacio geográfico dónde se sitúa Damasco, capital del naciente Califato Omeya. Ignora que la gran expansión inicial del islamismo se produce en territorios que habían sido cristianos unitarios, arrianos excomulgados por el I Concilio de Nicea. Para los arrianos no existía la Trilogía, sino un solo Dios, del que Cristo era su Profeta. Ante la coincidencia con la nueva doctrina, los que habían sido arrianos abrazaron con facilidad el islamismo.

    Ignora, lamentablemente, muchas cosas, como que los seguidores de Witiza eran pocos y sin armamento, que ni el Emirato ni el Califato contó jamás con un ejército permanente, o la plena ausencia de pruebas del llamado “tributo de las doncellas”, cifrado en cien jóvenes al año, disparatada, más que disparada por el autor sin miedo al ridículo, hasta “millones de mujeres”, imposible cifra en la despoblada zona de los estados, todavía no nacidos de la cornisa cantábrica. Tan inexacto y falto de rigor, como la supuesta “consecuencia” recogida en la versión alfonsina y en el poema, de la inexistente batalla de Clavijo, esa en la que “el propio Santiago bajó del cielo en un caballo blanco lo que decidió la victoria de los asturianos”.

    Alfonso III, ansioso de poder y de gloria, autodenominado “el Magno”, pretendió ser Emperador y árbitro de los reinos peninsulares. Simplemente: si el Emirato de Córdoba hubiera contado alguna vez con un ejército profesional de más de ciento cincuenta mil soldados, como dice de la también inexistente “batalla de Covadonga”, jamás los reinos del norte habrían podido conquistar algo más allá de los montes cantábricos. Y eso lo demostró y lo ratificó espléndidamente Almanzor.



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